Privilegios patriarcales en varones jóvenes de sectores empobrecidos ¿cambio o acomodo?

Privilegios patriarcales en varones jóvenes de sectores empobrecidos ¿cambio o acomodo?[1]
imagen: http://laprensaaustral.cl/archivo/realizaran-avant-premiere-de-pelicula-sobre-los-prisioneros/

Klaudio Duarte Quapper, Militante Kolectivo POROTO

Resumen

En este artículo debato las tensiones que hoy están viviendo los varones jóvenes de sectores empobrecidos en Chile, en contextos de cambio y cuestionamientos a los mandatos tradicionales que los modos de relaciones e imaginarios patriarcales han impuesto; la tensión principal se estructura sobre el par cambio o acomodo, esto último para no perder privilegios.

Las búsquedas de alternativas a dichas tensiones han tendido a naturalizar los procesos de cambio, con discursos moralizantes dirigidos a estos jóvenes, con baja densidad en sus horizontes de cambio, con poca claridad en la condición de alternativa que poseerían, todo lo cual produce dudas respecto de su potencial político de transformación.

Desde investigaciones realizadas con poblaciones jóvenes y desde experiencias formativas con estos sujetos, se proponen interrogantes y pistas pedagógicas para contribuir en procesos formativos de sensibilización y concienciación de varones en pos de relaciones equitativas de género. Se busca dar cuenta de las debilidades señaladas y mostrar los caminos que los propios jóvenes han construido en este ámbito.

Palabras claves: masculinidades, juventudes, sectores empobrecidos, privilegios, victimización, rechazo, concienciación, equidad de género.

 

Introducción. Las experiencias desde las que reflexionamos. Lo que contiene este texto.

El presente artículo se ubica en este énfasis de dar cuenta de hallazgos y resultados de procesos reflexivos desde Investigaciones y desde Talleres de acción directa con jóvenes en Chile y otros países de América Latina y El Caribe. Ambas fuentes han permitido nutrir los conocimientos producidos en torno a los procesos  -sus características, dinámicas, sentidos, etc.- que se están gatillando en los mundos juveniles, de sectores empobrecidos, en la construcción de identidades masculinas.

Uno de los elementos de esos procesos que analizaremos en este texto son las interrogantes y cuestionamientos que surgen en torno a la condición masculina y que en los varones jóvenes van produciendo asombro, miedo, malestar, irritación, vergüenza, en convivencia con sensaciones de deseo de cambio, esperanzas, expectativas. Las experiencias producidas y observadas muestran que se desencadenan diversos procesos, algunos implican que estos jóvenes se suman a los cuestionamientos a la condición patriarcal de nuestra sociedad, para otros se trata de una venganza de las mujeres, para otros es el miedo homofóbico el que les lleva a oponerse a cualquier modificación. Se trata de una multiplicidad de reacciones ante estos procesos de interrogación a lo que en ellos se supone natural y dado: la dominación masculina.

Debatiremos sobre los procesos de rechazo, que como una forma de oponerse, los varones jóvenes despliegan de manera latente o manifiesta. Observamos diversas formas de rechazo, nos interesa ir más allá de su descripción y tratar de comprender sus mecanismos de producción y recreación, así como los efectos que se producen en las “movidas”[i] masculinas y en sus relaciones inter género.

La inquietud, a modo de artesanía intelectual en Mills[ii], surge desde la observación cotidiana de las reacciones-reflexiones que manifestaban verbal y físicamente los jóvenes con que nos vinculamos, en la medida que avanzábamos en los procesos de conversación sobre su condición masculina en su contexto societal. Esa observación me llevó a fijar mi atención en los rechazos, en las oposiciones que manifiestan, como hipótesis negativa de aquello que se pretendía lograr, que era verles sumados y “jugados” con la posibilidad de hacerse hombres no patriarcales. Esas reacciones, de rechazo, se planteaban en algunas oportunidades como rabietas, reclamos, bajo la idea de: “¡no quiero perder mis privilegios!”, y a ratos profundizaban en argumentos que cuestionan lo propuesto para interrogar: “¿por qué yo tendría que cambiar?”.

Estas expresividades juveniles masculinas me han llevado a interrogar a los procesos de sensibilización y formación que desplegamos, a las hipótesis desde las que diseñamos nuestras investigaciones y a los imaginarios con que nos acercamos a intentar conocer sus realidades. Por ello abordo las debilidades que a mi juicio presentan estos procesos, que pretenden contribuir a transformaciones de las realidades de estos varones jóvenes de sectores empobrecidos.

Finalizo señalando algunas pistas orientadoras desde la educación popular como desafíos que pueden aportar a la profundización de estos procesos de concienciación con varones jóvenes.

Contexto actual desde las tensiones en la construcción de identidades masculinas

Una de las tendencias que caracteriza a parte de la producción de imaginarios sociales sobre juventudes es la que les concibe de manera esencialista como portadores del cambio social y en el mismo movimiento, como portadores de maldades que corroen a la sociedad[iii]. Estas polaridades, niegan la complejidad de los procesos que las y los jóvenes viven para producir sus identidades, de manera similar como le ocurre a cualquier individuo en sociedad, haciendo que surja como una característica propia de individuos considerados incompletos y en tránsito a la adultez.

En ese sentido es que se vuelve pertinente dar cuenta, a modo de contextualización en este artículo, de alguna de las tensiones que los varones jóvenes están viviendo, a propósito de sus procesos de construcción de identidades en contextos de sociedades que organizan sus economías en torno a modos capitalistas, con economías de mercado sustentadas en ideologías de tipo neoliberal. Ese contexto ejerce alta incidencia en como los varones experimentan sus procesos identitarios, el eje de la presente reflexión es la interrogante por el género en dicho proceso.

Al menos dos aspectos pueden ayudar a elaborar este contexto: la exclusión de la actual fiesta mercantil, que al reproducir condiciones de empobrecimiento no les permite construir sus identidades en base a las características esperadas de masculinidad proveedora, protectora y conquistadora, y sus respuestas con las violencias como dispositivo; y la semitensión que están viviendo los varones, entre modelos tradicionales que imponen mandatos de masculinidades hegemónicas y algunas aperturas que emergen en sus cotidianidades.

Lo que veremos es que el actual contexto lleva a los varones a radicalizar y/o adaptar conductas y atributos propios de la masculinidad dominante en una lógica de adecuación del contexto patriarcal a perspectivas de más y mejor patriarcado.

  • En este contexto no es posible ser bien hombre.

Es relevante considerar aspectos contextuales que son de un orden más global y que inciden en el conjunto de la sociedad, para desde ahí analizar los efectos específicos que producen en varones jóvenes de sectores empobrecidos.

Uno de esos elementos de contexto es que el empobrecimiento se agudiza en nuestro país, lo que se tensiona entre otros factores, por la alta exigencia de consumo opulento que se ofrece e impone, cuestión de la que suelen quedar al margen o sólo pueden participar de manera precarizada[iv].

Lo que se tiende a generar entonces son condiciones que agudizan las expresiones de estilos masculinos hegemónicos. Ante situaciones de mayor empobrecimiento lo que emerge son radicalizaciones de los modos patriarcales por parte de estos varones ante un contexto que niega posibilidades de vivir lo esperado tradicionalmente como fórmula para hacerse hombre. Podemos verlo graficado en la siguiente triada: son puestos en tensión en el rol de proveedor –no cumplen como se espera y exige: “lo que pasa es quiero ganar mi plata para tener a fin de mes con que cumplir mis obligaciones” (Pedro)-; son cuestionados en su condición de protectores –las mujeres han demostrado capacidades para vivir sin varones en ciertos tipos de familias: “ella me amenaza con que se las pueden arreglar sola, que no soy necesario” (Mario)-; y son débilmente considerados en su imagen y tarea de conquistador-reproductor, esto último casi hasta el ridículo: “comenzó a quejarse de que yo no le daba placer y se lo contó a sus amigas” (Sergio).

El modelo transmitido cotidianamente, lo enseñado desde la familia, el colegio, la calle, los medios de comunicación, y otras agencias socializadoras ya no resulta ser tan claro y seguro como se lo suponía. Requiere esfuerzo y una demostración mayor.

Lo que queda como salida a esta situación es buscar otros modos para demostrar la hombría y la virilidad, jugársela con estrategias que den rédito inmediato, aunque impliquen radicalización hasta la caricatura del varón que necesita ser bien hombre o ser bueno como hombre, vale decir que cumple con la triada antes señalada. Bien hombre refiere principalmente al ámbito de la reproducción-conquista hétero normada, y enfatiza en la capacidad de demostración de la hombría como resultado del ejercicio de dominación sobre la mujer pareja; bueno como hombre en tanto, remite a las capacidades de cumplir con los roles tradicionalmente encomendados-impuestos a los varones en los contextos familiares en la provisión del sustento y en la protección del grupo[v].

En ese movimiento las violencias constituyen alternativa, como ejercicio reafirmador y aportador de estatus para enfrentar las dificultades mencionadas. Vale decir, ante la imposibilidad de vivir a plenitud lo esperado socialmente, lo mandatado desde la masculinidad hegemónica, se busca resolver dentro de esa misma matriz a través de la radicalización de uno de sus componentes centrales: el ejercicio de dominio y control sobre los que se consideran más débiles –mujeres, niñas y niños, y hombres de posición de prestigio menor en cierta grupalidad-. Cuando es ejercida contra mujeres, si bien se mantiene la violencia física y la agresión material -“me dieron menos paga a fin de mes, me embronqué, llegué a la casa y me desquité con mi negra; la llevé a la cama y me saqué la rabia” (Pablo)-, a ella se han sumado otras formas que son significadas como sutiles y menos evidentes –“no pasó nada (con ella), sólo le di una tocadita a la pasada” (Arturo); “pero si ahora uno les dice un piropo y se enojan, ya luego no vamos a poder decir nada” (Alberto).

De estas formas se reafirma aquello que no puede sostenerse en el cumplimiento de las tareas esperadas socialmente. Porque aunque las mujeres tengan hoy más años de estudio que sus madres y abuelas, participen más que años atrás en la fuerza laboral, ocupen cargos públicos importantes, entre otras expresiones de mayor presencia en las cuestiones públicas y de mayor acceso a bienes y medios de decisión, la condición de dominio masculino se está reinventando y en eso, nuestros jóvenes son los que muestran los nuevos caminos de esas actualizaciones.

Las violencias se han radicalizado en su materialidad y corporalidad cuando ocurren entre varones. Aquí ya no es suficiente la agresión simbólica, ahora se requiere la sangre del enemigo, su muerte física, no basta su feminización. Ejemplo claro de estas situaciones son las guerras a muerte entre pandillas, barras del fútbol o grupos de barrio que desean marcar territorios –“eran ellos o nosotros, no importaba tanto el resultado del partido (de fútbol), sino que no podíamos ser menos en la calle” (Mario)-.

Las relaciones entre varones, los modos de construcción de identidades en el grupo de semejantes, lugar vital para la socialización masculina, se siguen sosteniendo sobre el temor al otro como varón que recuerda la imposibilidad y negación de la homosexualidad, la cosificación de las mujeres y la conquista de la calle, entre otras formas. Se reafirman construcciones más vinculadas a las lógicas tradicionales patriarcales que a nuevas formas de hacerse hombres en el contexto actual.

Es preciso considerar que hoy este ejercicio de violencias es mal visto: una de las características del cambio epocal es la deslegitimación de la agresión y el abuso por condición de género en ciertos sectores de la sociedad y que incluso la política pública lo ha hecho tema de debate. Esto no necesariamente implica que estemos desplegando como sociedad estrategias para reeducar en este sentido, ni para inhibir y menos para erradicar.

Explicitación de violencias y sutileza –lo simbólico- aparecen mezcladas e instaladas en las cotidianidades juveniles masculinas. Son el soporte que permite sobrevivir en períodos de alta exclusión.

  • Hombres jóvenes: entre tradición y alternativa

En los sentidos manifiestos y latentes del discurso que en la actualidad encontramos en los jóvenes de sectores empobrecidos, se configura una clara tensión en sus procesos de construcción de identidades, que los tiene a medio camino[vi] entre modos relacionales centrados en las lógicas patriarcales –lo tradicional- y modos que apuntan hacia relaciones de género equitativas –lo alternativo-. Como una constante mezcla de continuidad y cambio se manifiestan estas posturas.

Por una parte, emerge un discurso –como síntesis de sus experiencias- cuando los varones jóvenes son puestos en situación y se les obliga a tomar opciones en las cuales requieren validar su condición masculina. En dichas situaciones se ubican en las perspectivas aprehendidas en contexto patriarcal, y evidencian el apego a esta racionalidad como refugio para argumentar las prácticas concretas que desarrollan: “a mí me gustan las mujeres jugadas en la cama, pero si tienen mucha iniciativa me da desconfianza” (Leo); “Es bueno que ella trabaje y aporte a la casa…, pero no sería bueno que ella ganara más…, después quieren mandar” (Luis).

Pero este apego al refugio se da fundado en ciertas racionalidades, se sostiene por ejemplo, sobre la naturalización de la condición patriarcal, sobre una suerte de fatalismo político que niega posibilidades de cambio, sobre la no modificación de las asimetrías de poder, casi diciendo: “es lo que hay”, “siempre ha sido así”, “así nos enseñaron”…

Por otra parte, en esta tensión se manifiesta otro discurso, que critica algunas concepciones patriarcales tradicionales: la noción de superioridad masculina como una cuestión natural; que existan roles diferenciados jerárquicamente según sexo; la imposibilidad de que las mujeres accedan a labores típicamente consideradas masculinas; la subordinación femenina en diversos ámbitos; entre otras.

Dichos cuestionamientos alientan a suponer que hay vientos de cambio con sentido, de posibles alternativas a los modos patriarcales de relación. Vale decir, los varones jóvenes –en contexto de incerteza y exclusión social- configuran discursivamente perspectivas de cambios posibles. Manifiestan una capacidad: la de darse cuenta de que las mujeres son víctimas de condiciones sociales que las discriminan. No estoy diciendo que los jóvenes en ello se planteen cuestionando relaciones de poder, ni dominación estructuralmente condicionada, ni responsabilidades masculinas en su reproducción, ni siquiera una mirada autocrítica respecto de sus propias formas de relación. Lo ubico más bien en el ámbito de la intuición masculina joven: “es mala onda esto de que las mujeres sean tratadas como inferiores a nosotros” (Pedro), es más, pueden agregar, “esto no debería ser así”. Es decir, reconocimiento y constatación. Quizás una manifestación de sensibilidad en torno a lo que no les agrada y que no les pasa inadvertido.

Sin embargo, los varones jóvenes chilenos, que presentan discursos con contenidos de sensibilidad ante las situaciones que afectan a las mujeres, no necesariamente muestran la misma capacidad para interrogarse o cuestionarse respecto de las relaciones entre varones, así como respecto de las situaciones sociales que les afectan y que podrían ser comprendidas como efectos de las condiciones patriarcales de nuestra sociedad[vii]. Al parecer a ese ámbito de sus vidas o de la vida social no han llegado estos vientos de cambio: “esto es problema de mujeres”.

Entonces, ¿por qué cambiar? Es más, pareciera que la tendencia de resolución de esta tensión, este medio camino es más bien que no se puede cambiar. Existe la disposición, “el ánimo de ser distinto” (Luis), “yo se lo que pasa” (Víctor), pero las fuerzas naturales y tradicionales resultan ser más fuertes e impiden sostener en acciones concretas aquello que se dice.

Lo que sí resulta, es mantenerse con discursos que construyen realidades, pero que poco importa si no son coherentes con los modos concretos de actuar juvenil masculino pues quedan validados en y desde el habla. Se trata de construcciones discursivas que van en la línea de la mentira y su uso en el proceso de construcción identitaria masculina, concebida ella como aquel mecanismo propiamente masculino utilizado para resolver cuestiones de competencia, en que “lo que se dice, construye a quien lo dice”, por lo tanto es posibilidad cierta de consolidación de imagen masculina viril y al mismo tiempo, fuente para el necesario reconocimiento y validación en el medio[viii]. Aparecen como simulacros de cambio, amagues a lo alternativo, guiños a la transformación.

Si estos modos son coherentes con la socialización recibida, y además permiten resolver en lo inmediato la exigencia de hacerse hombre de la manera esperada y aceptada socialmente, entonces, ¿por qué cambiar?: “oiga yo no quisiera ser así, pero…, estamos obligados a actuar así” (Pedro), “¿por qué me cuestiona, así me enseñaron” (Pablo).

De esta forma se termina construyendo más y mejor patriarcado en que las posibilidades de cambio no aparecen con nitidez en el horizonte. Los privilegiados se nos muestran ahora incorporados-integrados en las lógicas de lo esperado.

Hombres víctimas o estrategias para compensar privilegios

En Chile, desde ciertos discursos masculinos ha comenzado a emerger un tópico que refiere a la condición de víctimas que los hombres sufrirían, a partir de  las exigencias que el modelo de dominación masculina impone para ser como dicen que se debe ser. –“yo después me siento mal, y puchas digo por qué lo hago, si a mí también me duele” (Álvaro), “a las finales los dos somos víctimas” (Mario).

Desde esta racionalidad, la condición patriarcal de nuestras sociedades actuaría tanto en varones como en mujeres, produciendo modos de dominación que incidirían en ambos, de manera tal que los varones también tendrían costos que pagar. El principal costo se refiere a que, en tanto la masculinidad es una construcción pauteada socialmente desde la exigencia y la competencia por demostrar hombría[ix], ello implicaría que los varones han de negar ciertos ámbitos de sus relaciones, deseos y planteamientos para conseguir la estatura de varón que los mandatos tradicionales establecen: “yo he querido ser más demostrativo, cariñoso, atento, pero no me sale,… hay algo que me dice que eso puede ser mal visto” (Luis).

Mirado desde un campo de sus vidas, el de las sexualidades, hemos propuesto en otros textos que la exigencia patriarcal termina transformándose para las y los jóvenes de sectores empobrecidos en la construcción de corporalidades caracterizadas por cuerpos enajenados, cuerpos castrados sin placer y cuerpos poderosos que permiten ejercer dominio. Lo anterior centrado en la negación de un conjunto de posibilidades eróticas y de ternura[x].

Como ya señalamos, conseguir ser bien hombre o ser bueno como hombre, exige renuncias o imposibilidades, dadas las exigencias de fortaleza, inteligencia, control, dominio, entre otros atributos[xi]. El refuerzo de esta renuncia viene dado por la exaltación de un estilo de cuerpo centrado en el aguante y la fuerza, como se señaló, para ejercer dominio; “a las finales no podemos ser menos, no podemos aparecer derrotados, hay que seguir hasta morir” (Pedro).

Esta renuncia les constituiría como víctimas, porque producen dolor y limitan significativamente el despliegue de capacidades humanas vitales como el encuentro, la colaboración, la solidaridad. Ser macho, hacerse hombre en contextos de patriarcado exige renuncias que implicarían dolores. Los varones jóvenes que se cuestionan esta situación señalan como ejemplos la negación de afectos entre hombres por los límites que impone la homosexualidad, como lo abyecto que no debe ser sobrepasado (Fuller, 2002), ó la no demostración espontánea de afectos con sus parejas mujeres o con hijos/as, pues una marca de la virilidad buscada es la rudeza y el cumplimiento del rol protector: “lo que los demás dicen de uno, como que obliga a comportarse así, a hacerse el machito” (Mario).

Y por ejemplo, mal se lee a Bourdieu[xii] diciendo que tal como él señalaría la dominación masculina es también contra hombres, lo que de inmediato nos convertiría en sufrientes. Esta mirada que se va convirtiendo en imaginario de la disculpa y en el mismo movimiento de la victimización, aparece en las hablas juveniles “entonces esto del machismo nos afecta a los dos” (Álvaro); “yo creo que somos tan víctimas como ellas e incluso de repente más” (Pablo). Uno de sus efectos es que a mi juicio, actúa inhibiendo las posibilidades de transformación de las relaciones hasta ahora construidas. Más adelante volveré sobre este aspecto específico.

Este planteamiento de la victimización resulta ser la contracara de la noción de que vivimos en un contexto patriarcal que produce un conjunto de privilegios que favorecen las experiencias de vida de los varones. Resulta difícil sostener la noción de “caída del patriarcado” y de la existencia de una “liberación sexual” por el hecho de que en las últimas décadas se hayan generado cuestionamientos y modificaciones a las racionalidades que se sostienen en dicho patriarcado[xiii]. No pretendo negar que estas interrogantes críticas tengan expresiones concretas, pero lo que sí se puede debatir es que los cambios que las han acompañado permitan dar por cumplida una tarea que requiere de transformaciones de profunda complejidad en nuestras sociedades, culturas, estilos de relación, imaginarios, etc. Más bien lo que se observa es que junto a dichos cambios, también han emergido actualizaciones y mutaciones de los modos de expresión de la condición patriarcal de nuestras sociedades, que muestran la resistencia con que esta matriz socio-cultural –por supuesto los sujetos y sujetas que la verifican cotidianamente- logra sostenerse. De esta forma, los privilegios que señalábamos para los varones y que se sustentan en esta matriz, también se han actualizado para reproducirse cotidianamente en contextos de capitalismo tardío, economías de mercado con ideología neoliberal.

Vale decir, a la existencia de privilegios se le está comenzando a oponer un discurso de dificultades–dolores que tendrían los jóvenes en sus procesos de constituirse como varones. Podemos hipotetizar la existencia de una racionalidad conservadora que busca generar una compensación-equilibrio en las tensiones de poder dominante. De modo similar a como se ha producido el discurso de los deberes en cualquier ámbito de vida, como contra cara de la existencia y exigencia del respeto de derechos. Desde este axioma se plantea por ejemplo, que si las y los jóvenes quieren respeto de sus derechos en sus comunidades educativas, primeramente debieran cumplir con sus deberes, y solo así estarían en condiciones de exigir dicho respeto. Así, derechos de las y los jóvenes terminan siendo una concesión-retribución que los mundos adultos les otorgan si es que han cumplido con aquello que éstos les exigen.

En este proceso de desmarcarse de la condición de privilegiado aprendiendo un discurso de disculpa y victimización resulta válida la pregunta respecto de “¿por qué habría que cambiar?, si todos somos víctimas” (Álvaro): a todas y todos nos genera problemas este modo de relacionarnos, por lo tanto la exigencia debe ser para todos y todas, algo así como “ley pareja no es dura”.

Lo que sigue es interrogarnos por los procesos de cambio que se han pretendido gatillar en las y los jóvenes. Cuestionarnos por aquello que se ha planteado como alternativo a estas situaciones de patriarcado que se reproducen desde las experiencias de los jóvenes. ¿Qué ha cambiado de las realidades juveniles a partir de los procesos de trabajo con jóvenes varones en experiencias educativas con perspectiva de género o de formación en masculinidades con enfoque de género? ¿Qué desafíos surgen para la acción política con perspectiva de género o de generación? En adelante abordaremos estas cuestiones.

Autocríticas para comenzar a perder privilegios

En este momento de la reflexión sugiero un ejercicio autocrítico que intente relevar aquellos aspectos que aparecen debilitados en las acciones que buscan debatir las condiciones patriarcales en nuestras sociedades, y que al mismo tiempo, se proponen tensionar la construcción de masculinidades reproductoras de dicho patriarcado. Junto a ello se hace necesario enfatizar aquellos aspectos que han permitido la visibilidad de estas propuestas y lo que podríamos considerar la existencia de esta nueva forma de lucha social, toda vez que se trata, a mi juicio, de una nueva causa de activación social: hombres luchando por relaciones equitativas de género.

Una de las principales debilidades constatadas en la acción con varones, muestra que los discursos que se pretenden críticos a los modos patriarcales de relaciones sociales, desde la pregunta por las masculinidades ahí construidas, no han sido suficientemente claros en proponer o al menos polemizar sobre las oportunidades o posibilidades que para los varones se abren si dichos modos patriarcales (sexistas, machistas) fueran transformados en perspectivas de equidad de género: “yo con el taller me fui sintiendo más y más culpable…, no veía por dónde íbamos a seguir” (Pedro). La tendencia ha sido quedarse en el diagnóstico y la queja de la situación de los varones –respecto de las reproducciones de los mandatos patriarcales- y no necesariamente incorporar aspectos referidos a las posibilidades de alternativas que ya se han comenzado a experimentar o aquellas que se propone se podrían construir: “como que quedó claro lo malo que hacemos, pero cuando alguien preguntó ‘y ahora qué’… quedamos todos mirándonos…” (Álvaro)[xiv].

Se vincula con lo anterior, que después de al menos tres décadas en que la perspectiva de género se ha instalado en Chile, ésta sigue siendo reducida a la situación de las mujeres. Si bien ello muestra una debilidad en la conceptualización misma de género, desde la autocrítica que elaboro, me parece que evidencia una cierta reducción de la mirada sobre la lucha de los hombres.

Por una parte, se señalan las temáticas sobre situaciones y condiciones de vida de los hombres enfatizando en el carácter dominador que los varones tienen, pero alojados en una noción de masculinidad que no necesariamente es relacional y por lo tanto no considera el enfoque de género. Pareciera entonces que lo que le ocurre a los varones se comprende en sí mismo o que posee suficiencia explicativa, tal que aquello que les ocurre a las mujeres de su entorno, a otros hombres y al medio en que actúan no fuera pertinente de considerar. Junto a ello, se evitan las contextualizaciones de estas masculinidades en los entornos locales, nacionales y mundiales, que despliegan fuerzas que inciden en cómo estos sujetos se desarrollan.

Por otra parte, evidencia la poca fuerza política con que esta lucha se ha planteado, dado que no se le otorga ese carácter y al evitar las condiciones relacionales que la constituyen, ella misma queda en una deriva que redunda en superficialidad y ensimismamiento, más que en activación y movilización social.

En tanto, la política pública para jóvenes en Chile reproduce esa misma lógica de reducción, ya que por ejemplo la asociación primera que se hace de masculinidades es violencias, y por lo tanto al hablar de masculinidades en jóvenes se habla inmediatamente del tema de la agresividad y los conflictos violentos, lo cual se explicaría por esta condición de género masculino y por su condición de jóvenes[xv].

De esta forma, las posibles agendas a elaborar, sobre los aspectos a abordar en procesos con varones jóvenes o con jóvenes en global, tiende a construirse desde estas reducciones en las miradas que inciden en los campos de sus cotidianidades, así como en los métodos con que se trabaja. Si se sigue concibiendo a las masculinidades como acciones de conquista y demostración de fuerza, ello incide marcando la orientación tradicional en la implementación de programas que pretenden inhibir dicho ejercicio, tendiendo más a la reproducción que al cambio.

Otro aspecto que ha surgido en el trabajo con varones jóvenes, en relación con el campo de la militancia feminista, muestra que es posible encontrase con algunas compañeras que miran con desconfianza la participación de hombres militantes en espacios públicos que podrían ser compartidos, e incluso algunas expresan desprecio hasta la exclusión.

Lo que se plantea en este texto no es una queja sin más, los varones hemos sido parte de los dominadores por siglos y milenios, ellas están devolviendo el malestar que producen los privilegios que se han mencionado antes. La interrogante que surge apunta a ¿cuáles han sido las estrategias que han usado varones sensibilizados y activados en cuestiones de género para construir esta articulación con mujeres y con organizaciones de mujeres? Las experiencias debatidas con varones perteneciente a grupos que abordan masculinidades y género, muestran que sólo en algunas de estas organizaciones se trabaja con nociones de colaboración o solidaridad organizacional con mujeres y que en esos casos sus buenas prácticas al respecto les han dado réditos interesantes en términos de impacto político: “tenemos mujeres aliadas con las que nos ponemos de acuerdo en qué hacer” (Pablo).

En otras experiencias en tanto, no existe reflexión en torno a posibles articulaciones con las organizaciones de mujeres, lo que junto a quienes las excluyen como posibilidad de articulación, refuerzan la noción antes debatida sobre una concepción de la lucha de los varones que no incorpora perspectivas relacionales de género ni de masculinidad: “no nos hemos planteado trabajar con ellas” (Luis); “creo que no sabríamos como hacerlo” (Pedro).

Otra de las tensiones que existen para llevar adelante estos procesos es que se suele asumir como dado el cambio y la transformación, como si modificar las situaciones socialmente producidas –algunas de las cuales aquí se han analizado- fuera obra de un ente mágico en el que los seres humanos poco o nada tuvieran que decir. De esta manera se desconoce la profundidad y el carácter estructurante de la socialización patriarcal[xvi]. Pareciera que basta con decir que existen las relaciones de dominación de género, para que se activen dispositivos de cambio: “me iba quedando en claro cuestiones que nunca había visto, no me daba cuenta, pero no sabía qué hacer ahora” (Álvaro); “¿cómo seguir después de ese diagnóstico?, pa’ peor somos culpables” (Pedro).

Por ello es relevante reflexionar sobre cómo se historizan estos procesos de cambio y en el mismo movimiento cómo se desnaturalizan sus diversos trayectos y logros. En el pensamiento acrítico –subordinado diría Freire[xvii]– se tiende a concebir los problemas y conflictos sociales como dados o naturalmente producidos; de manera similar, en el planteamiento de alternativas de acción transformadora esa misma racionalidad aparece con fuerza. Una debilidad ha sido no desplegar estrategias que apoyen y acompañen a quienes comienzan a darse cuenta de las condiciones de dominación en que participan. Por esto se hace necesario debatir las nociones que asumen las posibilidades de transformación como un hecho o proceso dado, normativo, que no permite oportunidades para apelar a la voluntad de los sujetos por desplegar acción política de manera comprometida.

Si las ideas aquí planteadas fueran pertinentes, las y los jóvenes insisten en su pregunta: ¿por qué cambiar? En un escenario de tensiones y conflictos, de perspectivas de poder en pugna y en intentos básicos de colaboración, de búsquedas e incertezas, la interrogante que hemos venido analizando releva otro ámbito de interés para la acción política con jóvenes: no está claro hacia dónde cambiar, no hay referencias de alternativas diáfanas que señalen ciertos horizontes mínimos, no hay pistas orientadoras sobre lo que se busca y se quiere construir. En ese proceso ya no sólo el por qué y hacia dónde son interrogantes válidas, sino que también ahora el ¿para qué?, es decir ¿en qué me beneficia?, ¿qué me aporta este cambio?, ¿cómo cambia nuestra sociedad con estos cambios?

No pretendemos proponer que haya que decirles a los varones jóvenes cómo cambiar ni por qué cambiar, seduce más la posibilidad política de construir con ellos –y de acuerdo con el tipo de proceso, también con ellas- para que desde sus condiciones generacionales específicas propongan alternativas de cambio, nuevos modos de relaciones, nuevos modos para enfrentar el empobrecimiento y la exclusión social.

Para ello habría que generar procesos políticamente novedosos, que promuevan el habla y la risa, el baile y el juego, la colaboración y la solidaridad, que sean ya parte de la necesaria resocialización de género y también de generación, esto último en tanto los adultos y adultas que promovemos dichos procesos deberían dejarse interpelar por sus novedades y sus apuestas.

Desafíos desde experiencias de educación popular.

A continuación, planteo algunas pistas orientadoras, desde experiencias de educación popular, como desafíos que pueden aportar a la profundización de estos procesos de concienciación con varones jóvenes. Al decir concienciación pretendo enfatizar en la necesidad de facilitar procesos que permitan a los varones jóvenes la comprensión historizada –desnaturalizada- de las situaciones que experimentan en sus vidas y en las vidas de sus comunidades.

En el ámbito de estrategias de acción –lo que queremos lograr y cómo hacer para lograrlo- resulta importante plantearse que un momento vital es el de desplegar procesos con jóvenes que les permitan descubrir por qué cambiar y cuáles son los contenidos que ellos –y ellas- le otorgan a este cambio, cómo lo caracterizan y qué identidad proponen que adquiera. Un paso fundante en esa identidad a producir es develar críticamente las condiciones sociales que originan las relaciones asimétricas sostenidas en el patriarcado, así como las situaciones que en tanto varones viven en ellas, dentro de lo cual -en coherencia con lo señalado antes en este texto- se vuelve importante discutir los privilegios sociales como posibles expresiones y materializaciones de dominación de género y discutir los procesos de victimización masculina como una fórmula que permite la evasión de las responsabilidades que implica hacerse parte –integrarse- a estos privilegios y no cuestionarlos.

Un ámbito vital es que se debata en torno a la necesaria transformación de las relaciones de poder dominante impuestas en contextos patriarcales, con un cierto horizonte que se abra a los modos alternativos que se pretenden construir. Los varones logran, en las experiencias observadas, “darse cuenta” del carácter que asumen sus relaciones cotidianas, no necesariamente acompañan ese descubrimiento con el planteo de acciones alternativas. Por ello se requiere desplegar procesos que permitan la activación como parte constitutiva de ese “darse cuenta” y como expresión de la concienciación señalada, en pos de construir relaciones de poder liberador.

Otro ámbito refiere a la necesidad de “poner el cuerpo en juego”, como posibilidad y desafío de abordaje corporizado, sensitivo y situado de diversos tópicos conversacionales vinculados a las masculinidades. Cada vez se releva más como fundante de la construcción de identidades de género y en específico de las identidades masculinas la incorporación de las dimensiones corporales en las experiencias de los sujetos jóvenes, como parte de sus procesos de recuperación de sus cuerpos enajenados[xviii].

Las experiencias hasta ahora sistematizadas, muestran que momentos claves en estos procesos son aquellos que apuntan a la resocialización de los varones jóvenes. Vale decir, se trata de combatir la hegemonía tradicional patriarcal y también adultocéntrica, con estilos de relaciones, imaginarios, lenguajes y una ética que apunten a construir sentidos mentados contrarios a los anteriores y cuyo eje central promueva equidad de género. A partir de cada experiencia, esta búsqueda adquirirá caracteres específicos que aportarán ciertos énfasis así como novedades, permitiendo la emergencia de diversidades que contengan la pluralidad entre varones, que comparten su condición de jóvenes de sectores empobrecidos, pero que se diversifican en tanto se consideren al menos, sus orientaciones-opciones sexuales, adscripciones (contra) culturales y religiosas, posición en la estructura productiva, y sus trayectorias de vida.

Lo anterior, según las experiencias observadas, se profundiza y consolida en la medida en que se enfrenta proactivamente la matriz sociocultural del adultocentrismo[xix]: ella impone el accionar para o por los jóvenes, les invisibiliza y niega como actores relevantes en los procesos políticos en que se ven involucrados, quedan relegados a posiciones de beneficiarios del quehacer de otros. Este enfrentamiento exige que los jóvenes se constituyan como protagonistas de los procesos desplegados, lo cual permite co-construir con ellos, les reconoce actoría y se instituyen como gestores de sus propios procesos de crítica y cambio personal y colectivo[xx].

En procesos de ese tipo, la evidencia muestra que estrategias político educativas como la educación popular, pueden ser de alto impacto. Algunos de sus aspectos claves son: partir desde las experiencias de vida de las y los jóvenes, para construir colectivamente conocimiento desde su reflexión crítica, y plantearse aprendizajes para aportar en la transformación de sus realidades.

En esta lógica de educación popular, utilizando los conceptos Freirianos, se trataría de producir conciencia con los jóvenes sobre las condiciones de exclusión y de dominación de que son víctimas, pero no como argumento para la evasión –compensación de privilegios-, sino como gatillador de acciones conjuntas con otros y otras. De igual manera estos procesos pueden producir conciencia respecto de las oportunidades que se abren para los varones, para liberarse de aquellas formas de dominación que reproducen día a día y noche a noche.

Bibliografía

Aguilera O. (2010). “Acción colectiva juvenil: de movidas y finalidades de adscripción”. En Nómadas N° 32. Bogotá: Universidad Central.

Bourdieu P. (2007). “La dominación masculina”. Barcelona: Anagrama.

Campos Á. & y Salas J. (2002). “Masculinidades en Centro América”. San José: Lara Segura Editores.

Castells, M. (1998). “La era de la información. El poder de la identidad”. Madrid: Editorial Alianza.

Duarte K. (1999). “Masculinidades juveniles en sectores empobrecidos. Ni muy cerca ni muy lejos, entre lo tradicional y lo alternativo”. Tesis para optar al Título de Sociólogo. Santiago: Universidad de Chile.

Duarte K. (2006a). “Cuerpo, poder y placer. Disputas en hombres jóvenes de sectores empobrecidos”. En Revista PASOS Nº 125, DEI, San José de Costa Rica, Mayo – Junio.

Duarte K. (2006b). “Género, Generaciones y Derechos: nuevos enfoques de trabajo con jóvenes. Una caja de herramientas”. Bolivia: Family Care International. UNFPA.

Duarte K. (2006c). “Discursos de Resistencias Juveniles en Sociedades Adultocéntricas”. San José de Costa Rica: DEI.

Duarte K. (2009). “Sobre los que no son, aunque sean. Éxito como exclusión
de jóvenes empobrecidos en contextos capitalistas
”. En Última década. Número 30.  Viña del Mar: CIDPA.

Freire Paulo (2005). Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI Editores.

Fuller N. (2002). “Masculinidades, cambios y permanencias”. Lima: PUC.

Gilmore D. (1994). “Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad”. Barcelona: Paidós.

Instituto Nacional de la Juventud (2001) “Violencia y Maltrato en las Parejas Jóvenes”. Café Diálogo. Agosto. Santiago.

Kaufman M. (1989). “Hombres, placer, poder y cambio”. Santo Domingo: CIPAF.

Mills W. (1959). “Apéndice: Sobre la artesanía intelectual”. En La Imaginación Sociológica. Nueva York: Fondo de Cultura Económica.

Muñoz V. (2004). “Imágenes y estudios cuantitativos en la construcción social de juventud en Chile. Un acercamiento histórico (2003-1967)” En Última década. Número 20.  Viña del Mar: CIDPA.

Salas, J. (1996). “La mentira en la construcción de la masculinidad”. En Revista Costarricense de Psicología, Nº 24. San José: UCR.

Servicio Nacional de la Mujer/ Universidad de Chile (2001). “Detección y análisis Prevalencia de la Violencia Intrafamiliar”. Santiago.

[1] Publicado en: Revista de Estudios “de Juventud”. N° 95. Instituto Nacional de Juventud de España. Madrid. 2011. Páginas 45-57.

[i] Aguilera O. (2010; 82). Oscar utiliza la noción de movidas para referirse a que “en Latinoamérica, remite a un conjunto de significados asociados con la diversión, la conspiración (cons-pirar, respirar juntos, según el latín) y participar de acciones que muchas veces pueden no ser legítimas o legales. Remite a un conjunto de acciones que se desarrollan individual o colectivamente, pero que siempre refieren algún grado de cercanía, confianza o amistad. Llevado al plano colectivo, lo que distingue a las movidas de otros tipos de acción juvenil es su carácter informal, no estructurado o con escasa participación de grupos organizados”.

[ii] Mills W. (1959).

[iii] Una interesante discusión se encuentra en Muñoz V. (2004)

[iv] Duarte K. (2009).

[v] Se diferencia de lo anterior la noción de ser buen hombre, que remite a las búsquedas de masculinidades equitativas, a las experiencias de masculinidades no patriarcales. (Duarte, 1999)

[vi] Duarte K. (1999).

[vii] Es importante considerar que género, como perspectiva de análisis, pocas veces es referido a las relaciones de homosociabilidad y en el caso de masculinidad(es), ella muchas veces es reducida sólo a las relaciones con las mujeres quedando excluidas de la observación las relaciones consigo mismo, con otros varones y con el medio social. Kaufman M. (1989); Duarte K. (1999).

[viii] Salas J. (1996); Duarte K. (1999).

[ix] Fuller N. (2002).

[x] Duarte K. (2006a).

[xi] Duarte K. (1999).

[xii] Bourdieu P. (2007).

[xiii] Castells M. (1998).

[xiv] Pueden destacarse en la línea de construcción de alternativas algunas experiencias en Centroamérica que han puesto énfasis en lo colaborativo como matriz de nuevas formas de relación desde los varones y las han incorporado como clave para enfrentar situaciones de violencia y maltrato en las familias, en las relaciones de homosociabilidad, y también en aspectos como la economía local. Son referencia en experiencias de este tipo lo que el Centro Bartolomé de las Casas ha desplegado en El Salvador. Ver http://centrolascasas.blogspot.com/ (Fecha de visita: 14 de mayo 2011).

[xv] Instituto Nacional de la Juventud (2001); Servicio Nacional de la Mujer/ Universidad de Chile (2001).

[xvi] Bourdieu P. (2007).

[xvii] Freire P. (2005).

[xviii] Duarte K. (2006a).

[xix] Duarte K. (2006c).

[xx] Duarte K. (2006b).